Habíamos rentado una casa para ir a pasar un mes a la playa, aprovechando el trabajo desde casa de la pandemia nos pusimos manos a la obra y buscamos en internet un lugar interesante para pasar algunas semanas cerca del mar. Habían diferentes lugares de diferentes precios, pero al final nos pareció que un departamento saltaba entre las demás opciones, tenía la que buscábamos, alberca propia, cocina y un lugar para trabajar con internet integrado.

La aventura de conducir transcurrió sin sorpresas y llegamos después de lo que pareció unas pocas horas a nuestro destino, en este departamento, se encontraba la persona que nos iba a recibir y a entregar las llaves. Cuando llegamos con esta persona que parecía tener una prisa tremenda, nos mostró cómo se encendía el boiler, la cocina entre otras cosas que habían dejado los dueños para nuestra comodidad en la estancia.

Cuando la persona se fue nos encontramos solos y, sin más espera fuimos a ver la alberca, ahí estaba, como esperándonos. Nos dimos prisa y bajamos todo del auto para acomodar en nuestra nueva estancia. Mientras tanto yo no pude menos que evitar notar un espejo grande que se encontraba de frente a la cama de la recámara, tenía un tamaño inusual, probablemente más grande de lo que yo hubiera elegido para mí.

Pasaron los días y disfrutamos de la agradable brisa cálida del caribe, las mañanas en la playa y las tardes en la alberca le daban a nuestro viaje tintes de placer más que de trabajo desde casa o como quiera que le llamarán ahora en tiempos de la pandemia. Algo que me llamaba la atención de este lugar es que en esta época del año todo oscurecía particularmente temprano, a eso de las 6 de la tarde parecía ya media noche, sumado a esto, el barrio parecía sumirse en un silencio ensordecedor después que el sol desaparecía.

Una tarde, ya a eso de las 8 de la media noche ella decidió irse a la habitación para ver algo en la televisión, con mi trabajo recién finalizado por el día decidí revisar el correo por última vez e irme a tomar una ducha para terminar mi día a su lado.

Siempre he creído que el momento de la ducha es de los mejores momentos del día, muchas ideas llegan en ese justo momento en que uno se relaja y simplemente recibe el agua fresca sobre la cabeza y disfruta del abrazo del agua en el cuerpo.

Me encontraba disfrutando de estos momentos cuando algo rompió la relajación, estaban girando la perilla del baño con una agitación extraordinaria.

– “Hugo, Hugo, ábreme, déjame entrar por favor, ábreme!” – grito ella desde el otro lado de la puerta. Yo noté un dejo de estrés más allá de la normalidad de la necesidad de usar el sanitario pero aún así proteste – “Me estoy bañando, ahorita salgo.

– “No, por favor ábreme, déjame entrar!” – Así que con molestia procedí a abrir la cerradura de la puerta que se hayaba, como siempre, sin candado. – “Que pasa?” – le pregunté con molestia, regresando al chorro de agua que seguía abrazando mi cuerpo mientras que escuchaba como ella abría la puerta del baño para entrar.

– “Me encendieron las luces del cuarto!” – dijo con voz entrecortada – “Quien te encendió la luz?” – replique con un dejo de molestia por no poder terminar mi ducha en paz.

– “No lo se! Estaba recostada viendo una película y la luz, se encendió, como si alguien la hubiera encendido, al principio pensé que había sido el switch y lo ignoré, luego empezó a prender y a apagarse rápido!” –

– “Bueno, suena a qué el cable que conecta a ese foco anda en sus últimos días, ni te preocupes” – le dije tratando de tranquilizarla, aunque ya de entrada me había sonado algo extraño y reconociendo solo para mí que probablemente hubiera sentido miedo de haberlo experimentado yo mismo.

Escuché sus pasos al salir del cuarto de baño y salió dejando sin cerrar la puerta. – “Hey, cierra la puerta!” – pero no hubo respuesta.

Cuando hube terminado salí del cuarto de baño y sentí una oscuridad más notoria que de costumbre en el departamento, con todas las luces apagadas fuera de la luz del baño era como si entrara en un mar de oscuridad al salir de este.

Apagué la luz del baño y di a tientas los 3 pasos de distancia que había entre el baño y la habitación. Por un momento me costó algo de trabajo abrir la puerta que, cerrada, dió algo de batalla a la hora de abrir.

Cuando hube abierto la puerta ahí estaba ella, como quedándose dormida, viendo una película en su tableta, siendo está la única luz en la habitación.

– “Te tardaste mucho”- dijo en voz baja, al tiempo que me miraba. Pero había algo fuera de lugar con su mirada, lo noté mientras estaba ahí de pie, con la puerta abierta a la mitad en 45°, casi parecía como si su mirada fuera la de alguien que sonríe, pero su boca estaba trabada en una mueca de seriedad, casi diría que de tristeza.

Traté de enfocar la mirada en su cara, para determinar que es lo que estaba mirando mal, pero eso empeoró las cosas, los detalles de una mirada sostenida empezaron a llamarme más la atención, no pestañeaba, solo estaba ahí, como suspendida en una mueca, en un momento que pareció más una hora o más. Sus manos y pies en una posición que no era tan habitual en ella.

No me había dado cuenta que la pantalla de la tableta había bajado hasta que sentí una intensidad de oscuridad en el cuarto, como algo que iba devorando la poca luz que nos quedaba, y con la luz los detalles de la imagen de ella.

De pronto unos golpes secos en la puerta me despertaron de mi letargo, pero tuvieron que pasar más que unos cuantos segundos para darme cuenta que estaba sintiendo los golpes en la perilla de la puerta que estaba sosteniendo. No había nadie detrás de la puerta y seguí sintiendo los golpes violentos sobre la puerta.

No pude más que soltar la perilla y saltar hacía atrás con una mueca de terror en mi cara. – “Que chingados..”-

Los seguía escuchando, golpes secos a la puerta.

De un momento a otro mi curiosidad supero a mi umbral del miedo y tomé la perilla de la puerta y entonces fue que lo escuché, era su voz, llamándome – “Hugo! Déjame entrar! Ábreme!”- no pude más que voltear a ver lo que había parecido su figura y trate de enfocar mi mirada en sus ojos.

-“Ah, no le hagas caso, está enojada por qué la encerré un rato en el cuarto, se estaba poniendo necia”- sus ojos seguían sonriendo pero su boca se movía como enmarcando otra expresión.

Entonces pude advertirlo por el rabillo del ojo, sobre el espejo, la estaba viendo a ella, golpeando la puerta, la que yo estaba sosteniendo en mi mano, estaba saltando y golpeando la puerta, como un ser humano desesperado, algo parecía estarle sacando una expresión de terror que, con lágrimas en sus ojos me gritaba que le dejara entrar.

– “Que no te convenza, siempre hace lo mismo..”- ahora su boca también sonreía.